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Si hablo las lenguas de los hombres, y aun las de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que retiñe.
Y si tengo el don de profecía, y entiendo los designios secretos de Dios, y sé todas las cosas; y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada.
Y si reparto entre los pobres cuanto poseo, y aun si entrego mi cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve. ( 1 Corintios 13:1-3).
En este pasaje nos damos cuenta de que el amor es el mayor poder del mundo. El amor nunca dejará de ser. Si amamos constantemente si somos amor, el mal no nos alcanzará, nosostros venceremos al mal, porque somos mas que vencedores.
“No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12:21).
Dios te ama, con amor eterno nos ha amado.
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“Shalom”. Este saludo aún se utiliza en los países del Oriente Medio. Significa simplemente: “Paz”. En la Palabra, la paz no sólo significa la ausencia de conflictos o temores, sino que expresa un sentimiento más fuerte que todo lo que nos amenaza y quiere turbarnos.
¿Cómo obtener esta paz? No volviéndose hacia filosofías orientales o técnicas de meditación. La paz que éstas aportarían al ser humano es más bien una falsa paz por medio del vacío: el vacío dentro de uno mismo y la ausencia de deseos. En cambio, el Dios de la vida nos ofrece la verdadera paz, su propia paz, paz en abundancia. La recibimos sencillamente por la fe, cuando creemos en Jesús, quien hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20).
Dios nos da la paz de la conciencia, la liberación de toda culpabilidad y la victoria sobre el mal, porque la paz de Cristo no puede reinar en un hombre acosado por sus pasiones. Luego viene la paz del corazón, esa confianza total que nos llena cuando encomendamos al Señor Jesús nuestras preocupaciones e inquietudes y buscamos su socorro para vivir en su dependencia, de acuerdo con su Palabra. Entonces, aun en medio de la prueba y del sufrimiento, podemos permanecer apacibles y confiados en Dios.
Escuchemos al Señor decirnos: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27).
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